LA MONTAÑA DESNUDA

Extracto del libro ‘LA MONTAÑA DESNUDA’ escrito por ALEX TXIKON (SUA Edizioak)

El himalayista lemoarra Alex Txikon conseguía en el invierno de 2016 llegar hasta la cumbre del Nanga Parbat. Era su segundo intento y la primera vez que una expedición lograba conquistar esta cima en invierno. Seremos testigos de sus pensamientos, sensaciones, sentimientos, vivencias y sufrimientos. Nos contará los problemas surgidos en el grupo, la marcha de Daniele Nardi, la incorporación de Simone Moro y Tamara Lunger, las andanzas con Ali Sadpara… Reiremos con ellos, nos preocuparemos, pasaremos miedo, también un frío de mil demonios y se nos meterá hasta los huesos el aire helado. Pero la recompensa estará en la cima del Nanga Parbat y en el descenso con éxito. También iremos un año después con él al campo base del K2, donde recibió la noticia de la desaparición de Daniele Nardi y Tom Ballard en la ruta Mummery del Nanga Parbat. Alex no dudó en poner en marcha una expedición de rescate y encontrar a estos dos montañeros.

A continuación puedes leer un fragmento del capítulo 3…

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¿POR QUÉ ESCALAR EL NANGA PARBAT?
Invierno 2014-2015

La respuesta al porqué del Nanga Parbat podría haber sido, simplemente, que con sus 8.126 metros es uno de los anhelados 14 ochomiles. Pero en este caso se suma que también es una de las montañas más hermosas del planeta. Esta mole revestida de un blanco resplandeciente se eleva al sur del río Indo, en Pakistán, y la mires por donde la mires te quedas atrapado en sus aristas y crestas, en la limpieza de su figura solitaria. Si bien está arropada por bosques en la zona del Fairy Meadow, se muestra más árida por su vertiente sur. Podría decirse que es hermosa y feroz, ya que si nos acercamos por la vertiente del Diamir nos enfrentamos a un desnivel de 4.000 metros; por la vertiente del Rac serán 3.800 metros, y desde la del Rupal 3.900 metros.

En cualquiera de estas vertientes siempre encontraremos ese blanco cegador, casi delirante, que atrae la mirada. Te desafía y no te lo pondrá nada fácil. Para hacernos una idea, hay que escalar el doble que en el Everest, donde el campo base está mucho más alto. Lo curioso de toda esta historia es que lo que nos llevó hasta el Nanga fue una actividad invernal abortada. Y es que antes de posar nuestra mirada sobre la montaña desnuda, Denis Urubko, Adam Bielecki y yo nos habíamos planteado intentar la cara norte del K2 (8.611 m) en la temporada 2014/2015.

Todo apuntaba a que el plan podía salir adelante, aunque todavía se encontraba en fase de preparación. Finalmente decidimos dar luz verde a esta aventura en diciembre. Pero a falta de muy pocos días para marcharnos a China, el gobierno de ese país nos denegó el permiso de escalada.

El error, probablemente, fue apostar por un tour operador pakistaní, Lela Peak, con poca experiencia en tramitación de expediciones en China, aunque muy eficientes en Pakistán. Pienso que por aquel entonces Lela Peak no contaba con las tablas suficientes para moverse en la compleja burocracia china. Podían habérnoslo dicho desde el principio, haber rechazado hacerse cargo de nuestra expedición, pero supongo que no quisieron renunciar a esta jugosa oferta y a los beneficios que les reportaría. El resultado fue penoso y nosotros perdimos mucho dinero debido a su falta de profesionalidad. Qué gran verdad es aquello de que lo barato sale a menudo caro. Habíamos desechado los servicios de Fernando Garrido, director de Aragón aventura, y lo cierto es que con ellos tal vez todo habría llegado a buen puerto y esta historia se habría escrito de otra manera.

Pero de nada sirve ahora lamentarse pensando en cómo hubieran sido las cosas si hubiéramos descartado aquel operador pakistaní. En el monte y en la vida es mejor pensar antes de actuar; en fin, nos queda el consuelo de que no todo lo hemos hecho mal. Supongo que muestra de ello es el hecho de que aún seguimos vivos.
Partimos desde el campo base hacia el campo I
Como digo, fue el fracaso de nuestro K2 invernal el que terminó por llevarme al Nanga. Pero no era la primera vez que me planteaba escalar esta montaña. Al echar la vista atrás en busca de mi primer contacto con el Nanga, tengo que remontarme hasta 2005, a mi primera participación en el prestigioso programa Al filo de lo imposible, de TVE2. Estábamos entonces en el Makalu (8.463m), la quinta montaña más alta del planeta, y, tras casi noventa días de campaña, a varios de los miembros del equipo se nos ofreció la posibilidad de participar en otra expedición que comenzaría en cuestión de días, la del Nanga Parbat de ese mismo año.

Por aquel entonces el plan del Nanga Parbat no salió adelante y tras aquello, pasaron otros diez años hasta esta nueva ocasión, que era fruto del rechazo chino al K2. ¡Cuánto tiempo! Una década da para mucho. Es tiempo suficiente para que uno crezca, mejore, se encuentre consigo mismo y sepa quién es, y dibuje a su vez un lugar entre sus semejantes, un hueco en la sociedad. Pero he de ser sincero: con la perspectiva que da la distancia, el paso de los años, debo decir que me alegro de haberme equivocado en la elección de la agencia para hacer aquel K2 invernal, y también me alegro de que en el año 2005 ni el Nanga Parbat ni las contraprestaciones económicas fuesen lo suficientemente sólidas como para caer en la tentación de ir a la montaña asesina. Sí, caer en la tentación una y otra vez, entrar al trapo, jugar en una liga que no es la tuya. Y es que en el Himalaya hay que moverse con los ojos bien abiertos y el olfato agudizado, y si no reúnes esas cualidades, mal asunto. Puede que la primera vez te haya salido bien e incluso creas que estás preparado para más, pero ¿cuántas veces vas a lanzar los dados? Ese caer continuo puede derivar en una espiral muy peligrosa, de la que muchos alpinistas no son capaces de escapar.

Puede resultar paradójico, pero en muchos casos abrimos la veda a la aventura tan solo para huir de la rutina diaria, de la sociedad que nos oprime, de lo que nos rodea, que para nada nos hace sentirnos realizados y en plenitud. Es como si fuésemos a la montaña huyendo de algo, muchas veces de nosotros mismos, o quizá pretendemos adentrarnos en una nueva era, buscar una forma diferente de vivir, abrir nuevos horizontes en nuestras vidas. Pero luego, una vez entrados en esa espiral peligrosa, no sabemos dar marcha atrás. Acabamos de expedición en expedición, muchas veces sin aportar nada y sin crecimiento interno ni externo, sin cambiar nada en absoluto de nosotros ni mucho menos del alpinismo de vanguardia. Es una triste realidad de la que a veces ni siquiera somos conscientes. Deberíamos ser capaces de elevar la mirada de la montaña y ver que hay mil maneras más de vivir una vida satisfactoria y menos peligrosa. Aunque yo ya he entrado en la espiral, hice mi elección.

Así que allí estábamos con el fiasco del K2. Tras la negativa del gobierno chino a darnos el visado, nos quedamos perplejos y sin rumbo, sin saber qué hacer. O lo que es peor, sin saber qué era lo que queríamos hacer de verdad, sin objetivo, cada uno en su casa con la mochila preparada y los sueños rotos. Tras años enrolado en expediciones invernales –habíamos hecho la doble expedición al Gasherbrum I (8.080 m) en los inviernos de 2010/2011 y 2011/2012, así como otra al Laila Peak (6.096 m) en 2012/2013–, no tenía claro cuál era mi camino. Adiós al dinero invertido, adiós a nuestra expedición y a todo el trabajo previo. Fueron momentos de desconcierto que pronto subsané con firmeza y decisión: no me iba a quedar en casa envuelto en lamentaciones por lo mal que se habían portado los agentes turísticos chinos o por lo torpes que habíamos sido nosotros. Aun así, he de reconocer que pasé unos días muy duros, de esos en los que lo único que quieres es que acabe todo, en los que te preguntas qué más puede sucederte.

Llegué a un punto en el que me repetía a mí mismo: “No hay ya nada peor que me pueda suceder, no tengo nada, estoy de prestado”. Eso creo que facilitó la decisión que finalmente tomé. Fue un tirar hacia adelante, lanzarse a la aventura, practicar un juego de improvisación que a veces puede funcionar y hasta tiene un final feliz. Pero en ese juego, ya se sabe, no hay garantía de absolutamente nada. Hablé por teléfono con Denis Urubko y Adam Bielecki, mis compañeros de equipo. Quise animarles a que fueran osados como yo. Pero no compartieron mi visión, prefirieron no tensar más la cuerda. Había salido mal y por lo tanto había que dejarlo correr. Además, Denis adujo otras razones para negarse.

–¡Hola Denis! ¿Qué tal? ¿Cómo lo llevas? –comencé una de nuestras numerosas conversaciones, yo entusiasta y motivado, con la clara intención de animarle también a él–. Quiero proponerte algo. ¿Qué te parecería si nos fuéramos al Nanga Parbat? ¿Por qué no lo intentamos? –mantuve unos segundos la respiración. Conozco a Denis, sé que tiene las cosas muy claras, por lo que mis esperanzas de contar con su apoyo eran casi nulas. Así fue, mi entusiasmo no le motivó lo más mínimo.
–No voy a regresar a Pakistán nunca, jamás de los jamases –me dijo muy serio, tocado en el alma por lo acontecido hasta la fecha en el país.

Denis hablaba en referencia a lo ocurrido en Pakistán aquel 23 de junio de 2013. Varios integrantes de diferentes expediciones que se encontraban en el campo base del Nanga Parbat fueron absurdamente asesinados por talibanes enardecidos. Qué despropósito. Matar montañeros, precisamente nosotros que formamos una comunidad sin fronteras, amantes de todas las montañas del mundo. El montañero, que se caracteriza por ser respetuoso con las culturas que visita en su camino a esas lejanas cimas, que agradece el afecto del humilde campesino que le da cobijo por un poco de dinero. Dijeron que la intención era solo asustar pero que a alguien se le escapó un tiro y, como consecuencia del mismo, trece personas fueron masacradas. Montañeros que no han muerto en su particular reto en la pared, sino a balazos. Qué sinsentido. Y lo último había sido aquel ataque terrorista en una escuela, acaecido en diciembre de 2014, en Peshawar, cuando seis hombres armados, del Tehrik e Talibán Pakistán, asesinaron a casi ciento cincuenta personas, sobre todo, niños y adolescentes. Sí, la situación en el país era terrible y esta era la manera de “protestar” de Denis. Aunque también es cierto que, a pesar de esas palabras rotundas, su decisión perdió fuerza más adelante, ya que años después regresó al K2 en el invierno de 2017/2018, al Gasherbrum I en el verano de 2019 y al Broad Peak en el invierno de 2019/2020. Supongo que todos nos hemos tenido que comer nuestras propias palabras en esta compleja vida. En fin, todos conocemos el dicho: “Nunca digas de esta agua no beberé”.

La negativa de Urubko y de Bielecki no me resultó para nada fácil de digerir. Me sentí muy contrariado y realmente fue una doble frustración debido a que me quedaba sin expedición y sin equipo con el que moverme al mismo tiempo. Así que, vaya, al final sí que podía suceder algo peor.

Un suspiro salió de lo más hondo de mi ser mientras intentaba analizar qué había pasado, cómo había llegado a aquella situación: “¿Qué he hecho mal? ¿Por qué me pasa esto?”.

Pero lo dicho, no me quedé parado, nada de lamentaciones ni dejar que la negatividad gane la partida. Cogí el teléfono, llamé a Pakistán, hablé con unos y con otros, me enteré de que andaba por allí un italiano que se llamaba Daniele Nardi y que preparaba la ascensión al Nanga. Le escribí y me interesé por lo que estaba haciendo con intención de tomar parte. No tuve contestación, pero no quise desanimarme y seguí adelante. Resultó que también había un grupo de iraníes con el mismo objetivo y que ya tenían el permiso. Hablé con Asghar Ali Aporik, el propietario de Jazmin Treks and Tours.

–Sí, Alex, vente para aquí, seguro que puedes entrar en un grupo, lo vemos aquí –me contestó–.

Así que, aun con toda la incertidumbre del mundo recorriéndome el cuerpo, para cuando pude darme cuenta ya estábamos montados en el avión rumbo a Pakistán. Me acompañaban dos personas de mi querida tierra vasca a las que que valoro mucho y a las que agradezco enormemente su apoyo. Íbamos sin los permisos necesarios, porque había que solicitarlos con meses de antelación, pero bueno, allí nos plantamos. En apenas dos semanas la nueva expedición al Nanga Parbat estaba en marcha. Nuevo gasto y todo de nuestro bolsillo, ya que entonces no había aún patrocinadores ni ayudas.
Niños en la aldea de Sair
Quise sacar provecho de las horas de vuelo repartidas entre escalas interminables. Cogí una cartulina y dibujé la atractiva silueta del Nanga, con sus vertientes de Diamir y Rupal. No se trataba de entretenerme, en absoluto. Estaba ya metido de lleno en la expedición y quería tener un plan, una mínima idea de la ruta a elegir para aquella ascensión invernal. Un aspecto indispensable, sin duda. Sabía que las expediciones invernales que se habían llevado a cabo en años previos lo habían intentado por dos flancos: las rutas Kinshofer, Mummery, Messner-Eisendle por el Diamir; y la ruta Schell, por la vertiente del Rupal. Estas expediciones fueron protagonizadas principalmente por polacos, montañeros de vanguardia cuando hablamos de ascensiones invernales en el Himalaya. Aunque también hubo intentos de rusos, italianos, franceses, ingleses…

Dediqué horas a tratar de obtener las claves para una escalada exitosa; utilizaba rotuladores de diferentes colores para trazar los posibles itinerarios. Intenté obtener toda la información posible, no solo de las rutas, sino también de sus condiciones en diferentes épocas del año. Me sumergí en los intentos previos. La ascensión más destacada fue la realizada por la expedición polaca del invierno de 1996/1997, donde la cordada formada por Krzysztof Pankiewicz y Zbigniew Trzmiel alcanzó la cota de los 7.800 metros. Encontré fotografías de aquella expedición y me asusté al ver las terribles congelaciones que sufrieron ambos alpinistas a causa del frío extremo y la compleja y dura evacuación. Lo intentaron por la ruta Kinshofer, que se encontraba entonces en muy buenas condiciones, nada que ver con lo que en esta ocasión nos íbamos a encontrar nosotros.

Lo que son las cosas… mucho tiempo después, tras haber hecho cumbre el 26 de febrero de 2016 en el Nanga, tuve la suerte de encontrarme con Zbigniew Trzmiel, acompañado de su mujer. Fue en la pequeña localidad de Ladek Zdrój, al suroeste de Polonia, cuando participé en un festival de cine de montaña. He de reconocer que aquel momento fue especial para mí. No exageraría nada si dijera que fue mágico, uno de esos días de ensueño que todos tenemos en un rincón de la memoria. Fue como si todo lo que había sufrido el polaco en su día hubiera servido de base para mí. Su esfuerzo había propiciado mi éxito de alguna manera. Él impulsó, en definitiva, que un joven como yo siguiera su camino años después hasta alcanzar la cima. Conocer a Trzmiel también me ayudó a entender mejor el particular pensamiento del grandísimo escalador polaco y, sobre todo, mejor persona, Wojciech Voytek Kurtyka, al que conocí a través de mi buen amigo Maciek Sokolowski. Me gusta pensar que tengo una excelente relación con él, una conexión especial. Todavía hoy acostumbramos a intercambiar opiniones y mantenernos al día por teléfono o email. Me suele hablar mucho de los escaladores, o mejor dicho, de los himalayistas polacos de antaño y siempre acaba comparándolos con los de hoy en día. Describe claramente a los deportistas de su época, a los cuales ve más esforzados, dispuestos a trabajar duro y preparados para el sacrificio que conlleva el alpinismo invernal. Sin embargo, a los himalayistas polacos actuales no les ve tanta nobleza, no ve la compenetración profunda de los alpinistas de antaño. Más bien cree que el compañerismo brilla por su ausencia, nada que ver con lo de antes. Me suele decir.

–Porque, Alex, las expediciones invernales son el arte de sufrir y eso hoy en día… –me suele decir. Él nunca ha participado en ninguna invernal pero sabe de lo que habla. No en vano abrió una nueva línea junto a Schauer en el G4. Cinco vivacs por encima de los 7.000 metros con una escalada en estilo alpino que describe Bernadette McDonald en su fascinante libro Kurtyka. El arte de la libertad.

Que conste que Kurtyka no es de los que viven anclados en la gloriosa época del alpinismo polaco del pasado, aquella etapa en la que lograron hazañas inigualables. No, no lo es. Y, por cierto, siempre termina hablándome de cómo su compatriota Tomek Mackiewic se salía de la norma, que era sin duda un alpinista especial. Él coincide conmigo en esta apreciación que ya he comentado con anterioridad.

Pero volvamos a ese avión, a los instantes previos a la llegada a Pakistán. Como digo, me enfrasqué en preparar lo que iba a hacer. Hoy en día, a la hora de planificar una ascensión, hay tantísima información en Internet que el problema está en cómo diferenciar lo que es válido de lo que no lo es. Hay que saber encontrar lo que te va a ayudar y desechar informaciones confusas o incluso erróneas. Hay muchas webs especializadas, pero muchas de ellas no es que no sean un referente, sino que incluso son poco creíbles. Invertí muchas horas perdido por esos mundos virtuales, navegando por las redes de internet. Tuve también en cuenta que íbamos a llegar muy tarde, con la estación avanzada, el 25 de enero, lo que suponía que ya habíamos perdido un mes de invierno. Esto implicaba que no tendríamos muchas oportunidades y que tendríamos que trabajar de lo lindo. Al final, llegué a la conclusión de que la mejor apuesta era, sin duda, la ruta Kinshofer, en la vertiente del Diamir. Y fue todo un acierto, a pesar de haber sido todo tan improvisado desde el principio de esta expedición. Tal vez nos ayudó el bagaje previo, lo que ya habíamos vivido en otras ocasiones cuando nos había tocado hacer malabares porque los planes no cuadraban. ¿Recordáis una teleserie que acababa diciendo: “Me encanta que los planes salgan bien”? Pues eso.
Trapecio cimero
Nanga Parbat (4.200 m)

ALEX TXIKON

Nací en Lemoa (País Vasco) en pleno invierno de 1981, igual de ahí mi pasión por las expediciones invernales… Y soy el menor de los hermanos, de ahí seguro mi pasión por el trabajo en equipo. No entiendo la montaña si no es compartida. Mi pasión por la montaña viene de muy atrás, de cuando con tan solo tres añitos alcancé la cumbre del Gorbea, la cima más icónica de la zona en la que crecí. Me apasiona viajar, conocer diferentes culturas y descubrir de la mano de sus gentes la historia de cada pueblo y montaña. Así, con 21 años hoyé la cima de mi primer ochomil: el Broad Peak (8.047m), en el Karakorum pakistaní. Ahí arranca mi viaje por las montañas de todo el mundo. Desde entonces, he sido miembro de más de 30 expediciones y he hecho cima en 11 de los llamados 14 ochomiles. En la última década he centrado mis esfuerzos en expediciones himaláyicas invernales, de hecho, soy el único alpinista del mundo que lidera estos proyectos de manera ininterrumpida desde el invierno de 2011. De especial relevancia fue la primera cima invernal del Nanga Parbat (8.126 m) en el invierno de 2016 junto al pakistaní Ali Sadpara y el italiano Simone Moro. Desde entonces, he lanzado intentos invernales al Everest, en 2017, 2018 y 2020, y al K2, en 2019.
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