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LA TRAVESÍA DE LAS COLINAS DE BARCELONA

UN ITINERARIO URBANO PARA REDESCUBRIR LAS SIETE COLINAS DE BARCELONA

Crónica escrita por TXEMA CASTIELLA y publicada en la revista MUNTANYA número 930

El llano de Barcelona se extiende entre la sierra de Collserola y el mar, con dos ríos: el Besòs, y más allá de los límites de la ciudad, el Llobregat, delimitando el espacio urbano. Pero sobre este esquema global, destaca un subsistema de cerros, en el noroeste de la ciudad, formando una pequeña anilla interior, paralela a Collserola. Estos cerros (“turons” en catalán) tienen, a pesar de su altura modesta, una gran relevancia, no sólo porque ofrecen unas atalayas privilegiadas de la ciudad, sino principalmente y sobre todo porque son una parte importante de nuestro verde urbano.

Barcelona es una de las ciudades más densas del mundo. En un espacio de casi 100 km2 convivimos más de un millón seiscientas mil personas, y por eso el metro cuadrado es tan vital. Contra lo que se ha creído o se ha querido hacer creer, la naturaleza forma parte viva de la ciudad y hay que preservarla. Las colinas de Barcelona aportan una parte importante de nuestro verde público y urbano -ya sea en forma de parques, jardines, colinas, de cubiertas verdes o de arbolado- que contribuye a mejorar la calidad del aire y reducir la contaminación, nos proporciona confort acústico, aumenta la biodiversidad de vegetación y fauna, mejora nuestra salud y nos aporta belleza y disfrute estético. Amar la naturaleza nos pide sobre todo conocer, proteger y ampliar la que tenemos más cerca, es decir, en nuestros pueblos y ciudades. Por eso estas colinas -como todas, recordemos que el CEC se fundó en la cercana colina de Montgat- son importantes.

LAS SIETE COLINAS DE BARCELONA

Aunque es estéticamente atractivo hablar de las siete colinas de Barcelona, para buscar un parecido con las famosos siete colinas de Roma, el número no es, sin embargo, exacto y está sujeto a diversas interpretaciones. Además, aunque los cerros de Barcelona no tienen el glamour de la Ciudad Eterna con respecto a la mitología (sobre uno de sus colinas romanas, el Palatino, se localiza la leyenda de la fundación de la ciudad por la loba), los superan en altura: mientras que los cerros romanos no sobrepasan los 58 m, el más alto de los barceloneses, la colina del Carmel, alcanza los 265 m.

Sea como sea, la excursión que proponemos es un recorrido integral por los que convencionalmente se consideran las principales colinas de Barcelona. Forman una silueta que, vista desde Collserola, recuerda la espalda verde de un dragón. Y la mayoría ofrecen unas vistas privilegiadas sobre la ciudad y sobre el mar, y sobre sus dos principales perfiles (las famosas siluetas urbanas): el de la sierra de Collserola y el de la línea de costa. No pueden competir con los miradores de Collserola en cuanto al alcance de la panorámica, pero por su proximidad, brindan una visión más precisa sobre los barrios y los principales edificios de la ciudad.

Estamos hablando del Turó de la Peira, del Turó de la Rovira, del Turó del Carmel, del Turó de la Creueta del Coll, del Turó del Putxet, del Turó de Monterols y la invisible colina de Modolell, que forman una cresta imaginaria, actuando como contrafuertes de la sierra de Collserola, de la cual son subsidiarios. Pero todas estas colinas están, hace muchos años, rodeadas por la trama urbana y tienen una historia de lucha y defensa de su personalidad frente a la presión demográfica y la especulación urbanística que, intermitentemente, las ha amenazado. El escritor y excursionista Estanislau Torres dijo con amargura, en un reportaje de principios de la década de 1970 sobre lo que llamó ≪Las otras montañas≫, que ≪Barcelona no se merece las montañas que tiene porque no sabe cuidarlas≫. Afortunadamente podemos decir que la situación hoy -sin estar exenta de obstáculos y deficiencias- es mucho mejor y más esperanzadora que entonces, sobre todo por la reivindicación sostenida de muchos vecinos y por la acción de los diferentes ayuntamientos democráticos que, en estos últimos 40 años, se han afanado para preservarlos, mejorarlos y facilitar su acceso. Hace más de un siglo, sin embargo, que se inició el proceso para recuperar antiguas propiedades privadas para el uso y disfrute de todos. El primer mapa de curvas de nivel de la ciudad (Pedro García Faria, 1891) ya muestra claramente como la urbanización se ceñía a la llanura. De estas colinas, tres son hoy parques urbanos (Peira, Putxet y Monterols), y los tres más altos forman parte del proyecto del futuro parque de los Tres Turons (Rovira, Carmel y Creueta del Coll). Hay que decir que la diferencia más notable entre los diversos trayectos que hemos consultado se localizan en el Turó de la Peira (para algunos no forma parte del mismo sistema de colinas que el resto) y por la inclusión o no del Turó de las Tres Creus (parque Güell), que también se considera a veces un estribo que formaría parte de la colina del Carmel. En cualquier caso, aquí hemos optado por incluir los seis principales cerros que forman una silueta muy clara entre el llano de Barcelona y la sierra de Collserola.

Un recorrido de 12,6 km, con un desnivel acumulado de subida de casi 500 m, que puede hacerse en cuatro horas y que constituye una de las travesías urbanas más atractivas. Ya sea por los vecinos de la ciudad, como por visitantes foráneos, este trayecto permite acercarnos a Barcelona desde perspectivas insospechadas y conocer algunos lugares destacados de su historia natural y política. Y hacerlo de la mejor manera posible, caminando, también nos servirá para recordar que moverse a pie es la forma más sostenible y saludable de desplazarse por la ciudad, las distancias de la que permiten en muchos casos caminar más de lo que lo hacemos. El trayecto que proponemos pisa cuatro distritos de Barcelona (Nou Barris, Horta-Guinardó, Gràcia y Sarrià-Sant Gervasi) y barrios con muchas diferencias socioeconómicas y urbanísticas. Tiene la ventaja, además, que tenemos transporte público en el punto de salida y en la llegada.

Quisiéramos continuar así el trabajo que hizo en 1997 el socio del CEC Lluís Willaert, con un interesante reportaje (≪Una excursión por las colinas de Barcelona≫) que era una invitación a conocer mejor algunas de las colinas barcelonesas.
En la parte inferior izquierda, Turó de la Peira y detrás suyo Nou Barris,
Collserola y, al fondo, el Montseny (© Txema Castiella)
Turó de la Rovira
(© Txema Castiella)

EL TURÓ DE LA PEIRA (140 m)

Iniciamos el trayecto en la estación del metro de Vilapicina, por la salida de la calle Canfranc. Desde el paseo de Fabra i Puig, donde estamos, la calle Canfranc es la primera que encontraremos a la derecha. Subimos por las escaleras y llegamos hasta la esquina con la calle de Travau, que tomaremos a la izquierda y seguiremos hasta el final, donde encontramos una de las entradas al parque del Turó de la Peira. Es fácil deducir los caminos que nos llevarán hacia arriba, rodeando la colina hasta llegar (15 min) a un ancho mirador, coronado por una enorme cruz de hierro.

Los terrenos de lo que hoy es un parque formaban parte de una antigua cantera de propiedad privada, que pasó a manos públicas durante la Segunda República, abriéndose a la ciudadanía en 1936. A pesar de que la especulación y el desarrollismo de la década de 1960 la fueron cerrando cada vez más con edificios y construcciones, la colina ha mantenido personalidad, con una forma cónica que hizo pensar que podía tener origen volcánico. En 2007 se hizo una rehabilitación integral que le ha dado el aspecto actual, amable y atractivo. El Turó de la Peira ha dado nombre al barrio que lo rodea y que pertenece al distrito de Nou Barris. Es un oasis de tranquilidad, con un bosque de pinos en la vertiente norte y una flora mediterránea muy diversa por los demás rincones (palmeras, olivos, eucaliptos, cipreses, pitas …), que la hacen un buen hábitat para diversas especies de pájaros. Desde el mirador se puede contemplar una sorprendente, por cercana, panorámica de la sierra de Collserola y los barrios de aquella vertiente (Horta, Vilapicina, Vall d’Hebron y Montbau …). También hay una buena visión del mar y, desde aquí, se vislumbra muy bien, en dirección oeste, el Turó de la Rovira, nuestra próxima meta.

EL TURÓ DE LA ROVIRA (262 m)

Vamos a buscar la salida de la colina bajando en dirección norte, por un camino que va flanqueando un pinar, con algunas áreas de picnic con mesas y fuente. Salimos a la calle Vall d’Ordesa, que cogemos en dirección izquierda hasta encontrar los jardines de Tiberio Ávila y bajaremos por sus escaleras, cruzando de nuevo el paseo Fabra i Puig y siguiendo por otro tramo de escaleras que nos lleva a una pequeña zona ajardinada, con un busto del poeta gallego Castelao; enseguida encontramos, a nuestra izquierda, la calle Duero. Esta es una vía tranquila, con el tráfico pacificado y con muchas casitas bajas que, después de pasar la linda plaza Bacardí, atraviesa el barrio de Vilapicina hasta llegar al paseo Maragall, que atravesamos para encontrar de frente la calle de la Font d’en Fargues. La denominación proviene de la próxima Masía Can Fargues, una gran construcción medieval con torre de defensa y hoy Escuela municipal de Música.

Iremos subiendo de forma sostenida por la larga calle que, flanqueada por algunas elegantes torres modernistas de principios del siglo XX llega hasta el lugar de la Font d’en Fargues (51 min), que da nombre no sólo a la calle sino al barrio, situado ya en el distrito de Horta-Guinardó. En 1900 se inauguró una singular gruta que protege la fuente y se construyó un quiosco modernista, un lugar que alcanzó una gran popularidad en aquellos momentos, convirtiéndose en centro de encuentros políticos y de citas amorosas. Una copla popular, que recogían Fabra y Huertas Clavería, dejaba testimonio:

Anant a la font d’en Fargues
vaig conèixer el meu promès…
Noies que voleu casar-vos,
el provar no costa res.


Más tarde se construyó un restaurante que también era frecuentado por los vecinos de la zona. Hoy, sin embargo, este bellísimo rincón está abandonado. El edificio del restaurante se derribo y la gruta de la Font está cerrada, en espera de un nuevo reavivamiento.

Salimos de la Font d’en Fargues subiendo un primer tramo de escaleras con barandilla de madera y giramos a la izquierda para coger la entrada a una pista con candado, para impedir el paso de los coches: ya estamos en el interior del parque de la Font del Cuento, una de las vertientes del Turó de la Rovira. Seguiremos ascendiendo hasta que encontramos una primera explanada desde la que reencontramos las vistas sobre la ciudad y el mar al fondo. Dejamos la pista y cogemos el camino que atraviesa por el medio del bosque, cruzamos otra pista y seguimos siempre por el camino que sigue la divisoria de aguas, y desemboca directamente al inicio de la calle Marià Lavèrnia, un calle de pueblo con casetas y torres bajas, ahora bien urbanizada y donde llega el bus 119. Recorremos esta travesía, donde también hay una fuente pública, y llegamos ya al punto más alto del Turó de la Rovira (1 h 15 min).

Se trata de una extraordinario balcón y, gracias a la remodelación de 2010, es una de las nuevas atracciones turísticas de Barcelona, muy presente ahora en anuncios y redes sociales. Los turistas llegan hasta aquí -algo impensable hace pocos años- para contemplar las magníficas vistas de la ciudad, que abarcan los dos perfiles -el marítimo y el de Collserola- en toda su amplitud. El tópico de que la ciudad se extiende a nuestros pies se hace aquí realidad, y la capital, la gran hechicera, que cantó el poeta Maragall, muestra con coquetería su trama urbana, la racionalidad de l’Eixample, la vitalidad de los barrios, la abigarrada densidad del casco antiguo y algunos de los iconos recortados sobre la línea de costa: la torre Glòries, la Sagrada Familia, el Hotel Arts o la torre Mapfre en el Puerto Olímpico, el Hotel Vela, la montaña de Montjuïc…

Otro atractivo de este cerro es que albergó las baterías que el ejército republicano construyó para defender la ciudad de los ataques aéreos italianos, precisamente para disponer de una visión 360º, y aún se pueden ver los búnkeres y otros espacios militares. Ahora, este espacio se ha musealizado y se pueden visitar las diferentes dependencias, en las que el Museo de Historia de Barcelona ha instalado paneles explicativos, tanto de aquel episodio como de la historia del barrio dels Canons, en la ladera inmediatamente inferior, donde, en la segunda mitad del siglo pasado se construyó un gran barrio de chabolas. Paneles y folletos dan una lectura pedagógica e instructiva para aproximarnos, más allá de las panorámicas, a la esencia del espíritu protector o genius loci de este lugar.

EL TURÓ DEL CARMEL (266 m)

Desde esta cima se ve perfectamente el siguiente objetivo, el Turó del Carmel, pero debemos prestar atención porque no seguiremos en línea recta, como parecería intuitivo, sino que entre la última batería y un depósito de agua encontraremos un paso estrecho que nos lleva a unas escaleras por las que bajaremos zigzagueando hasta encontrar la calle Mulhberg. Seguimos bajando por esta calle hasta llegar al popular Bar Delicias, un lugar conocido sobre todo por sus aperitivos y tapas, con una terraza en la calle desde la que, un día lejano, se podía ver toda la ciudad. Ahora los altísimos edificios de Vista Park cortan toda la perspectiva, pero el lugar sigue siendo muy frecuentado y quedó inmortalizado, además, en la conocida novela de Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa, porque en ese bar iba a menudo el Pijoaparte, protagonista de la historia.

Justo delante del Delicias cruzamos el semáforo y vamos a buscar las escaleras que suben hacia la iglesia, la antigua ermita y santuario de la Mare de Déu del Mont Carmel, que dio nombre al barrio y que ahora es su parroquia. Después del primer tramo de escaleras, y antes de entrar en el recinto de la iglesia, tenemos que encontrar un pequeño sendero que sale en dirección izquierda y que comienza a ascender hacia la cima. Seguimos siempre junto al muro que tenemos a nuestra derecha, con un camino que va aprovechando las rocas de la montaña. Pasaremos junto a la pequeña ermita blanca de la Mare de Déu de Fàtima. Ya vemos la cima de la colina: se trata de una zona prácticamente sin arbolado, por eso también era conocida como la montaña Pelada. Estamos en lo más alto y natural de todas las colinas, en el sentido de que la zona no está ni urbanizada ni ajardinada (tanto es así que en Google Maps no aparece pintado de verde!). Cuando llegamos (1 h 55 min) la panorámica es también excepcional y la tranquilidad -al no tener el atractivo turístico de la Rovira- absoluta. Un lugar ideal para contemplar la ciudad y abandonarse en los pensamientos y los recuerdos que suscita. De nuevo, la visión 360º es incomparable. Enfrente vemos el parque Güell, una de las ramificaciones de la colina, y cuando miramos atrás, vemos entre nosotros y la sierra de Collserola la próxima meta, el Turó de la Creueta del Coll, del que sólo nos separan unas pocas calles del barrio del Coll y Penitents.
Turó del Carmel y Turó de la Rovira (© Txema Castiella)
Turó de la Creueta del Coll y antigua pedrera (© Txema Castiella)

EL TURÓ DE LA CREUETA DEL COLL (245 m)

Dejamos el Turó del Carmel encontrando un camino que sale desde la cima en dirección norte, mirando hacia Nou Barris, para bajar por un sendero que recorre la parte alta, hasta llegar a un sendero más ancho, que cogemos a la izquierda para ir a encontrar la calle Coves d’en Cimany, por el que bajamos hasta encontrar la calle del Santuari, que conecta la parte alta de los barrios del Carmel y del Coll. Giramos por esta calle a la izquierda y pronto encontramos la plaza Salvador Allende, donde un busto recuerda al popular presidente chileno, y pasamos por delante del Centre Cívic del Carmel. Al final nos encontramos con el paseo Mare de Déu del Coll, que atravesamos y tomamos hacia la izquierda, tomando la primera calle -Lorda- que sube hasta encontrar la segunda a la izquierda, la calle de Morató, con casitas bajas y un aire tranquilo de pueblo. Al final encontramos un tramo sin asfaltar y cogemos la pista que sigue en suave subida por la izquierda. Una vez arriba de la calle, pasada la primer caseta blanca, debemos tener cuidado y encontrar a la izquierda unos escalones que llevan a un estrecho pasillo que nos dejará en la cresta de la Creueta del Coll. Seguimos el sendero hacia la derecha, junto a una barandilla de madera que protege del escarpe que hay al otro lado y nos deja, en pocos minutos, en la cima de la colina (2 h 40 min), un pequeño mirador con una gran cruz de hierro.

Las vistas aquí también son generosas, especialmente mirando hacia el norte porque estamos en el punto de nuestro recorrido más cercano a la sierra de Collserola, en la falla que conecta las colinas y la sierra. Al pie de Collserola vemos el barrio de Sant Genís dels Agudells y, un poco más allá, el Hospital de la Vall d’Hebron. Al fondo, se percibe perfectamente la cima de La Mola. El cerro fue utilizado hasta 1970 como una cantera, que lo vació completamente en la vertiente que mira a la ciudad. Debajo del alto escarpe que se ha creado, en 1987 se inauguró el parque de la Creueta del Coll, diseñado por los arquitectos Martorell-Bohigas-Mackay, que ofrece un buen espacio de ocio a los vecinos de la zona. Merece la pena visitarlo expresamente para poder ver una gran escultura de Chillida, Elogio del agua, suspendida sobre el estanque. Es un lugar poco conocido por muchos barceloneses, pero que respira tranquilidad y belleza.

Reseguiremos la cresta que hace un círculo sobre los acantilados creados por la antigua cantera, como si rodeásemos el cráter de un volcán, siempre por el lado derecho de la barandilla de madera que protege del desnivel existente y que haría muy peligrosa cualquier caída. Al terminar este sendero, bajaremos por el camino que atraviesa el bosque para ir a buscar, a la derecha, la entrada que hay en el parque de la Creueta del Coll en la calle Castellterçol, que tomaremos de bajada hacia la izquierda, hasta encontrar de nuevo el paseo Mare de Déu del Coll que habíamos atravesado antes. Dejamos atrás el Turó de la Creueta del Coll.
Vista desde el Turó del Putxet (© Txema Castiella)

EL TURÓ DEL PUTXET (183 m)

Bajamos por Mare de Déu del Coll hasta encontrar el puente de Vallcarca, un elegante viaducto de hormigón armado que salva la antigua riera y une los barrios del Coll y del Putxet. Para ser un puente urbano, tiene el aire poético de los puentes de verdad, aquellos que salvan accidentes naturales. En el otro lado está la calle de la República Argentina, que cruzamos directamente para tomar la calle de Claudio Sabadell, que tiene la característica de ser una calle sólo de escaleras: mecánicas a la izquierda, para quien quiera descansar, y de piedra al otro lado. Nos llevan hasta la calle de Portolà, por el que giramos a la derecha hasta encontrar, primero a la izquierda, la calle de Marmellà, que subimos y que nos dejará ya en la entrada de los jardines del Turó del Putxet. Dentro del parque subimos las escaleras que vamos encontrando y que de manera directa e intuitiva nos llevarán hasta una primera explanada, con bancos y una fuente. Siguiendo la pista que sube en pocos metros nos deja en el punto más alto de la colina (3 h 15 min).

La colina del Putxet está situada en una tranquila zona residencial, que se empezó a urbanizar hacia 1870 con la construcción de torres por parte de la burguesía barcelonesa que salía de la ciudad vieja. Un ≪bosque ordenadamente ajardinado≫, como lo califica la web municipal, esta colina es, a pesar de sus importantes desniveles, una zona muy utilizada por los vecinos de los barrios del Putxet y el Farró. Las vistas son también bonitas desde aquí, pero mucho más urbanas, porque está, como le ocurre al cercan Turó de Monterols, totalmente integrada en la trama urbana. Y sin embargo, o precisamente por eso, este bosque ajardinado tiene una delicada belleza, con cedros en la parte alta, vegetación mediterránea (olivos, encinas, acacias …) y otras especies más singulares como las tipuanas o las sóforas. El Turó del Putxet también es resiliente. En 1917 fue incluida en la planificación de zonas verdes de la ciudad, luego sufrió mordeduras de la golosa especulación. En 1970 el Ayuntamiento expropió los terrenos actuales y abrió el parque y en 2011 disfrutó de una nueva ampliación, con 1,2 ha nuevas de zona ajardinada. Precisamente descenderemos por los caminos amables, pero de pronunciada bajada que, en dirección mar, van serpenteando hasta unas amplias escaleras que nos dejarán en la calle Manacor. Tomaremos este camino subiendo hacia la derecha y bordeando los jardines de esta última ampliación.

EL TURÓ DE MONTEROLS (127 m)

Seguimos hasta el final de la calle Manacor y dejamos el parque, bajando por la calle de Cadis para ir a encontrar la calle del Putxet, que desemboca en la transitada ronda del Mig. La cruzamos por el primer semáforo y vamos a encontrar en el otro lado la calmada calle de Ríos Rosas, que termina en la calle de Pàdua, que tomaremos a la derecha para ir a encontrar la concurrida calle de Balmes. La cruzamos todo recto y vemos las escaleras que, desde la parada de los FCG de Pàdua, suben hasta la calle de Atenes, por unos pequeños jardines donde hay una escultura del Timbaler del Bruc. Cruzamos la calle de Atenes y seguimos escaleras arriba hasta encontrar la calle de Valls i Taberner, que tomaremos a la derecha hasta la escondida plaza Boston. Allí, la primera a la izquierda es la calle de Herzegovina, un pasaje corto pero muy elegante, flanqueado por vistosas moreras a ambos lados, al final del que ya encontramos la entrada al parque de Monterols. Cogiendo un camino que sale a la izquierda vamos siguiendo las sendas que, de forma intuitiva, nos llevan al punto más alto (3 h 45 min). Un cruce de caminos que no tiene demasiado glamour ni las vistas espléndidas que hemos disfrutado en las anteriores colinas. Estamos, de nuevo, rodeados por altos edificios que llegan hasta las vallas del parque.

Pero el parque de Monterols -que esto es ahora, en definitiva, la colina- es un preciado oasis de calma y recogimiento en medio de una zona no sólo muy habitada, sino cercana a grandes vías de tráfico rodado (ronda del General Mitre, Balmes, Muntaner …). Conocido a principios del siglo pasado como colina de Gil, nombre del antiguo propietario, de nuevo el Ayuntamiento compró los terrenos y se abrió como parque público en 1947. Hay rincones que invitan al reposo y la lectura, rodeados por grandes árboles, entre los que destacan cipreses, encinas, pinos y palmitos, y plantas aromáticas.

Buscaremos la salida que nos lleva, bajando por unas escaleras, a la calle Gualbes. Aquí se acabaría nuestro recorrido por las principales colinas de Barcelona. Pero desde la calle Gualbes vemos, apenas al otro lado de la calle Muntaner, una pequeña plaza. Atravesaremos la calle Muntaner, en un lugar que tiene una cierta magia, porque nos ofrece un recorte de mar al fondo de todo, y que los coches que vienen de la parte alta de la ciudad encuentran como una aparición, porque la calle hace un cambio de rasante. Seguramente este desnivel tiene que ver con la llamada colina de Modolell, que tendría 108 m de altura, uno de los estribos de la de Monterols, pero hoy totalmente invisible y sepultada bajo el asfalto y los edificios de la ciudad. Esta colina estaría situada un poco más allá de la plaza que hay al otro lado, la plaza Adrià, en recuerdo del emperador romano que recreó magníficamente Marguerite Yourcenar en sus Memorias de Adriano. La plaza acoge también una singular escultura en memoria del dirigente demócratacristiano, Manuel Carrasco i Formiguera, que fue fusilado en Burgos en 1938, con unas palabras suyas en el suelo. Si bajamos por la calle de Santaló, en pocos minutos encontraremos la estación de Muntaner del Ferrocarrils Catalans, donde acabamos este itinerario por las principales colinas de Barcelona.

TXEMA CASTIELLA

(Gijón, 1958) Es Licenciado en Filologia Catalana y máster en Políticas Públicas y Sociales. Amante de los Pirineos y de las montañas del país, también ha realizado expediciones, con su grupo de amigos, un poco más lejos (Toubkal, Kilimanjaro, Ararat, Andes del Ecuador y Perú…). Es socio del Centre Excursionista de Catalunya y colabora periódicamente en la revista Muntanya.
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